reconoce sus orígenes

Ingrid Bergman, la otra divina

Publicado: 2012-09-20

Por Sergio Paz Murga

Ingrid Bergman siempre fue una mujer de fuertes contrastes. Nadie podía creer que detrás de ese rostro angelical y suave voz se pudiera esconder una mujer altiva, orgullosa, decidida a seguir al amor aún si era a costa del juicio público.

Ella, aunque no lo quiso, hizo de su vida una historia propia de las películas que protagonizaba en la pantalla grande. A fines de los cuarenta abandonó a su marido y a su hija para vivir un apasionado romance con el director italiano Roberto Rosellini, con quien tuvo tres hijos más y para quien protagonizó algunas de sus mejores cintas.

La noticia cayó como una bomba en el pacato Hollywood que nunca imaginó que una de sus máximas estrellas se atreviera a tanto. Y menos Bergman quien hasta ese momento se había destacado por su talento histriónico y por una conducta intachable, alejada de los escándalos y los chismes.

Su llegada al cine estadunidense a fines de los treinta fue calificada por los críticos como una bocanada de aire fresco, pues todos estaban acostumbrados a ver actrices con actitudes de femme fatale y grandes hombreras.

“No me interesaba ser la chica misteriosa”, dijo una vez Ingrid, quien había nacido en 1915 en Suecia. El famoso productor David O.Selznick –responsable de “Lo que el viento se llevó”– fue quien la trajo a EEUU y firmó un contrato de exclusividad para hacer de ella una nueva Greta Garbo, conocida como “la divina”.

Sin embargo, su estilo natural –con casi nada de maquillaje–, cierta inocencia y nulo misterio la hicieron escalar rápidamente en el mundo del cine hasta construir una fulgurante carrera.

Se le recordará eternamente bella y sofisticada en “Casablanca”, como una angustiada esposa torturada por su marido en “Luz que agoniza” (su primer Oscar) o como una decidida heroína en “Juana de Arco”.

Sus trabajos para Alfred Hitchcock la ayudaron a cimentar su inquietante y angustiada personalidad fílmica: “Recuerda” y “Encadenados” se cuentan entre los papeles más logrados de su carrera.

Ostracismo profesional

Su afán por crecer profesionalmente la hizo fijarse en Rosellini a quien admiraba por sus trabajos en “Roma, ciudad abierta” y “Paisà” y no dudó en escribirle ofreciendo sus servicios.

“Si necesita una actriz sueca que hable inglés perfectamente, que no se ha olvidado el alemán, a quien apenas se entiende en francés y que en italiano sólo sabe decir ‘ti amo’, estoy dispuesta a acudir para hacer una película con usted”, decía la carta.

El maestro no dudó en llamarla y abrirle las puestas de su estudio y, poco después, también las de su corazón, lo que desató la furia del pueblo estadounidense al enterarse de que ambos se habían vuelto amantes.

Esa decisión vital y personal le costó a Bergman nada menos que siete años de ostracismo profesional en un cine que hasta entonces la había encumbrado. “Me sentí liberada de un matrimonio y de un hombre al que ya no amaba. Por eso me fijé en Roberto aunque parecía que había corrompido al genero humano”, dijo Ingrid en sus memorias.

La crisis económica que vivió la actriz tras el boicot de Hollywood y el descenso de la pasión terminó por erosionar la relación con el maestro italiano por lo que Bergman se aventuró a volver a Hollywood para filmar “Anastasia”.

Su regreso –ya separada de Rosellini– supuso una reconciliación con el público norteamericano que se selló al ganar un segundo Oscar por mejor interpretación femenina en el rol de la princesa rusa.

Desde entonces Ingrid cambió su estatus de estrella internacional por leyenda que mantuvo con esporádicas pero celebres apariciones en la pantalla grande y una agitada vida en el teatro.

A fines de los setenta Bergman obtuvo un tercer Oscar como mejor actriz secundaria por su interpretación de una neurótica solterona sueca en “Asesinato en el expreso de Medio Oriente” y en 1982 dio un último y memorable trabajo en “Sonata de otoño”.

Pero el cáncer terminaría por minar la salud de la estrella sueca, quien se presentó a trabajar incluso con terribles dolores propios de su enfermedad. “La sola idea de quedarme en cama no va conmigo”, dijo la estrella de “Casablanca”, quien demostró una vez más que cuando algo se le metía en la cabeza, y si ello ayudaba a su felicidad, no había nada que pudiera impedírselo. Una eterna enamorada del amor, sea cual sea su faceta.


Escrito por

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Sergio Paz Murga, profesor y periodista especializado en Medio Oriente. Jayme Arnao, fotógrafo y corresponsal extranjero en Francia.


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