reconoce sus orígenes

Itzjak Shamir: El último halcón israelí

Publicado: 2012-07-23

Por Sergio Paz Murga

La derecha israelí se ha quedado sin su gran halcón. Días atrás a la edad de 96 años murió en una residencia de ancianos el ex primer ministro Itzjak Shamir, una noticia que causó más conmoción interna que externa.

Y es que el ex premier fue de esos últimos grandes líderes sionistas que lucharon arduamente por la creación del Estado israelí y siempre tuvo recelos de la voluntad de los árabes –y por ende, de los palestinos– para llegar a algún tipo de acuerpo de paz en el Medio Oriente.

Para Shamir, Israel siempre fue primero que todo. No solo era un Estado democrático, que compartía valores con Occidente, sino y, principalmente, era el hogar nacional el pueblo judío que por miles de años sufrió el oprobio y la represión.

Shamir sabía en carne propia lo que significaba ser judío y cuáles podían ser sus consecuencias en un mundo dominado por el racismo y el extremismo ideológico.

Su verdadero nombre fue Yizhak Yzernitzky y nació en Ruzinoy, Polonia, en 1915 en el seno de una familia judía conservadora más no necesariamente religiosa.

Desde pequeño sufrió el maltrato y las humillaciones de las personas a su alrededor por su origen judío. Los constantes “pogromos”, en un ambiente cristiano católico dominante, fue determinante a la hora de decidir emigrar a la entonces lejana Palestina.

Llegó a la “tierra” en 1935 y de inmediato se matriculó en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Shamir no sabía que aquella decisión salvaría su vida pues la mayoría de su familia en Polonia, incluyendo sus padres, murió en los campos de exterminio nazi durante el Holocausto.

Fue ahí que Shamir se aferró a sus ideas nacionalistas y se unió a grupos extremistas judíos como el Irgum y el Lehi para luchar contra los británicos y los árabes.

A Shamir lo capturaron y deportaron a Eritrea, para volver años más tarde a lo que ya era un país reconocido por la comunidad internacional. “No hacía más que pensar en Israel y la manera de protegerlo”, dijo una vez en una entrevista a la cadena ABC.

Su obsesión lo llevó a renunciar a sus negocios y a enrolarse en el servicio de inteligencia extranjero, el Mossad, para el que espió durante 10 años. En ese tiempo conoció el nivel de las graves amenazas externas a las que se enfrentaba el Estado judío y adquirió su conocido pragmatismo y mano dura en temas de seguridad que impuso cuando llegó al poder.

Opción estratégica

Shamir siempre aseguró que Israel no podía dormirse en sus laurales y, por lo tanto, era un error retirarse de los territorios que ocupó tras la guerra de 1967 como Cisjordania, Gaza, los Altos del Golán, y la península del Sinaí.

Ya como militante político en el partido derechista Likud, se opuso al acuerdo de paz que su líder, Menachem Begin, había firmado con el presidente egipcio Answar Al Sadat.

En entrevistas de esa época Shamir señalaba que la profundidad proporcionada por los territorios ocupados daba al país una opción estratégica por primera vez en su historia. “Una barrera de desierto de aproximadamente 250 kilómetros protegen las ciudades israelíes. No me siento cómodo con renunciar a ello”, señaló.

Al retirarse Begin fue remplazado por Shamir, quien pese a sus objeciones respetó el acuerdo con los egipcios pero prefirió concentrarse en la solución de asuntos domésticos como la crisis económica y la hiperinflación.

Los resultados no decisivos en las elecciones de 1984 llevaron a la formación de un gobierno de unidad nacional basado en un acuerdo de rotación entre Shamir y el líder laborista Shimon Peres.

Cuando en 1986 aceptó por segunda vez el premierato Begin se rehusó a escuchar siquiera cualquier negociación con los palestinos que pusiera en peligro la existencia del “Gran Israel” que defendía.

Fueron años de mucha tensión, con los palestinos presionando en la calle con su Intifada y con un EEUU cada vez más incómodo con la intransigencia de su aliado israelí.

Shamir, mientras, puso en orden la economía israelí y ordenó el restablecimiento de relaciones diplomáticas con algunos países africanos y asiáticos que eran pequeños pero importantes para una mayor legitimidad en el escenario internacional.

Al ser hijo de victimas del Holocausto, Itzjak no dudó tampoco en impulsar la emigración a Israel de cientos de miles de judíos de la Unión Soviética y de Etiopía –en la “Operación Salomón”–. “Aquí tienen su casa, aquí estarán seguros”, dijo a los recién llegados.

Para inicios de los noventa el fin de la Guerra Fría obligó a replantear viejas políticas de seguridad, en especial en Medio Oriente, por lo que Shamir asistió –obligado y refunfuñando– a la Conferencia de Paz de Oriente Medio en Madrid.

Era la primera vez que israelíes y sus vecinos árabes se sentaban en la misma mesa para hablarse directamente sobre temas incómodos para Shamir: retirada, retorno de los refugiados palestinos, desmantelamiento de colonias judías y la división de Jerusalén.

La conferencia no dio frutos inmediatos pero abrió la puerta a las negociaciones con los palestinos que tiempo después se conocerían como los Acuerdos de Oslo –que fueron un fiasco–.

Shamir, claro está, nunca los aprobó y fue desbancado del poder en Israel y de la historia universal por el carismático Isaac Rabin. A él no le importó, solo quería servir a su país. Cosa curiosa o del destino murió el mismo día en que un islamista juramentaba en como presidente de Egipto. A él se le hubiera puesto la carne de gallina.


Escrito por

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Sergio Paz Murga, profesor y periodista especializado en Medio Oriente. Jayme Arnao, fotógrafo y corresponsal extranjero en Francia.


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