hasta siempre, Arturo Corcuera

Egipto: Los verdaderos amos son los militares

Publicado: 2012-06-25

Por Sergio Paz Murga

Mohamed Morsi ha ganado en Egipto. La mayoría celebra, pero otros no hacen más que sonreír con cierto aire cómplice porque saben una verdad: El islamista será un “pelele” de los militares que detentan el verdadero poder en el país árabe.

Las Fuerzas Armadas, con sus altos oficiales en primera línea, suponen una casta privilegiada, quizá las más fuerte del mundo árabe y musulmán, con gran poder militar pero, sobre todo, con multimillonarios negocios que dan más ganancias que el PBI de un país subdesarrollado como Lesoto.

Hosni Mubarak gobernó por tres décadas con mano de hierro y muchos pensaron que al caer en febrero del 2011, se abriría una nueva etapa en el que la democracia dejaría de ser una utopía para convertirse en una realidad.

Nada más equivocado. Mubarak fue un “rais” todopoderoso, pero con un origen militar. Se graduó en la Escuela Militar Egipcia, para obtener después la especialización de piloto de combate. Fue un hombre ambicioso pero supo, de inmediato, que no podría mantenerse a flote sin la ayuda de sus compañeros de armas.

En realidad, los militares han estado involucrados en la vida política y económica de Egipto desde hace más de medio siglo. Su representante más conocido fue Gamal Abdel Nasser, quien en la década de los cincuenta y sesenta fue el líder indiscutido del panarabismo y la lucha contra Israel.

Le siguió Anwar Al Sadat, quien tras perder la guerra de Yom Kippur de 1973 decidió hacer, mejor, negocios en tiempos de paz.

Al morir asesinado Al Sadat, por los islamistas, Mubarak continuó con la rueda de la fortuna y añadió a los negocios internos un agregado de US$ 1,300 millones cada año proveniente de EEUU. Tres décadas en las que las Fuerzas Armadas egipcias han estado consiguiendo el material bélico más moderno de la región –y pese a que una de las condiciones es no usarlo nunca contra el Estado hebreo–, además de desviar cientos de millones de fondos en cuentas personales secretas en paraísos fiscales.

Con la irrupción de la “Primavera Árabe”, la casta militar decidió bajarle el dedo a su otrora líder y poner en marcha su propio juego político. El país quedó en manos de un Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas que es, hasta ahora, el que ha dirigido la “transición hacia la democracia”.

Un proceso que ha demostrado estar lleno de vicios e irregularidades. La presión internacional y en las calles, con la plaza Tahrir como escenario principal, obligó a los militares aceptar a regañadientes unas elecciones legislativas que terminaron ganando los islamistas, sus viejos enemigos.

Los Hermanos Musulmanes ganaron la mayoría de los escaños de la Cámara Alta y anunciaron sus planes para redactar una nueva Constitución.

Los militares han hecho todos los esfuerzos para que Shafik pueda llegar a la presidencia, en reemplazo de Mubarak, pero sabiendo sus pocas posibilidades han dado un nuevo “golpe de Estado encubierto” en dos actos.

Más poderes

Horas antes de la segunda vuelta, el Tribunal Supremo ordenó la disolución del Parlamento –incómodamente islamista– alegando vicios en las elecciones, mientras el Consejo Supremo adjudicó más poderes a los militares, que los protejan de cualquier intento de fiscalización por una autoridad civil.

Para sorpresa del mundo, ahora en Egipto el presidente de la República no será el jefe máximo de las Fuerzas Armadas. Serán los propios militares los que escojan a sus jefes, promuevan sus ascensos, o los remuevan.

Además, en caso de guerra –y todos miran a Israel– solo se podrá utilizar al Ejército con el visto bueno del Consejo Supremo. Ni el presidente, ni el Parlamento pueden obligarlos.

Al mismo tiempo, el Ejército controla la política presupuestaria y es el único capaz de fiscalizar sus negocios en el país árabe. Su emporio económico abarca inversiones en sectores como hoteles y complejos turísticos, inmobiliarias, servicios de limpieza, carpinterías, panaderías o fábricas de electrodomésticos, productos químicos y automóviles.

Es tanto el poder económico de los militares que el año pasado el Consejo Supremo aprobó un préstamo de casi US$ 1,000 millones al Banco Central en un intento de sostener la cotización de la libra egipcia.

El abultado bolsillo de la élite castrense contrasta con la raquítica economía del egipcio común y corriente que, en medio de una grave crisis política interna y el impacto de la crisis económica internacional, sobrevive a duras penas. Ellos quieren libertad, pero también un puesto de trabajo decente que les garantice salud, educación y alimento.

Ajenos al drama, los uniformados consideran su actual autonomía económica una de las líneas rojas infranqueables en la Constitución y ya dejaron claro que no renunciarán a sus privilegios.

Los islamistas ya alzaron sus voces de protestas y, con ellos, un sector importante de la sociedad egipcia que presionarán más y más en las calles, aumentando la cifra de detenidos –más de 12,000 en lo que va del año– y, peor aun, de muertos.

Como vemos, la “Primavera Árabe” ha sido exitosa a la hora de sacar líderes, personas, del poder, pero aun es incapaz de transformar sistemas completos, en los que la corrupción y el dinero, están enquistados como un cáncer. Egipto está enfermo o, ¿es que caso ya huele a muerto?


Escrito por

mundomula

Sergio Paz Murga, profesor y periodista especializado en Medio Oriente. Jayme Arnao, fotógrafo y corresponsal extranjero en Francia.


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