reconoce sus orígenes

Egipto apuesta por el islamista Morsi

Publicado: 2012-06-25

Por Sergio Paz Murga

La llegada al poder en Egipto del islamista Mohamed Morsi provocará no solo incertidumbre en Occidente, desconfiado con el Islam tras el 11-S, sino obligará también a replantear la geopolítica en un lugar tan complicado como es el Medio Oriente.

Hay demasiado en juego, el mantenimiento de la estabilidad político-militar en la zona, la capacidad de EEUU por no perder a un estrecho aliado, la viabilidad de la “Primavera Árabe”, y, sobre todo, la continuidad de la “paz fría” entre Egipto e Israel, que no es perfecta pero sí ha evitado miles de muertos.

Para EEUU, Europa e Israel Morsi es todavía una incógnita. Sus servicios de Inteligencia no dejan de enviar informes sobre lo que dice o hace este egipcio de 60 años que llegó, parafraseando a sus propios compatriotas, como un “error de la historia”.

La caída de Hosni Mubarak en febrero del 2011, tras varios días de violentas protestas sociales, supuso una oportunidad histórica para los Hermanos Musulmanes, el grupo islamista más antiguo del mundo que por décadas vivió el acoso del “rais”, quien veía en ellos a su mayor enemigo.

Fuera de juego el dictador y con una Junta Militar más laxa –en apariencia– con los movimientos opositores, los islamistas aprovecharon para promocionarse con miras a las elecciones legislativas.

“A nosotros solo nos interesa el Parlamento, la casa del pueblo”, dijo uno de sus portavoces el año pasado. Lo hicieron bien. Consiguieron casi la mitad de los escaños en las primeras legislativas democráticas de su historia.

Cuando vieron que era posible sacar una tajada más grande del “pastel del poder”, anunciaron su participación en las presidenciales. El elegido fue el carismático Khairat Al Shater, quien fue descalificado por las autoridades electorales.

¿Quién quedó por descarte? Morsi. Un hombre de perfil bajo, mediocre intelectualmente, parco en su hablar y, para colmo, un saco de plomo para los medios de comunicación. Sin embargo, había algo en él tremendamente útil: Su disciplina y fidelidad a la causa egipcia e islamista.

Con el apoyo de las bases de la Hermandad Musulmana se lanzó al ruedo y hoy es el primer civil elegido democráticamente como presidente en el antiguo país de los faraones.

Durante su campaña ha prometido solucionar los problemas crónicos de Egipto, como el desempleo, la pobreza, la debilidad económica y la escasez de vivienda.

Se presentó también, pese al apoyo de los sectores conservadores islamistas, como un moderado y un pragmático que quiere dejar atrás la época oscura de Mubarak en el que la oposición era perseguida, torturada y masacrada.

Siempre lleva un Corán en la mano –dice que Alá es el único “juez justo”– y no se cansa de repetir que en su eventual gobierno no habrá discriminación de ningún tipo, sea por genero, raza, o religión.

El político real

Hasta ahí todo bien. Sin embargo, hay que recordar que una cosa es el Morsi de la campaña y otro el “político real”, que es menos conciliador y más duro con países como EEUU e Israel.

Tiempo atrás Morsi calificó al presidente estadounidense Barack Obama de “hipócrita” y “traidor” por seguir apoyando al dictador Mubarak y en estos días ha prometido que su país “no será sumiso con Occidente”.

Sus palabras han sido tomadas con atención en la Casa Blanca que teme perder a su mayor aliado político y militar en la zona, incluso más que la Arabia Saudita de la familia Al Saud.

El liderazgo egipcio en el mundo árabe y musulmán es vital para mantener los intereses norteamericanos en Medio Oriente, y más aún cuando la región vive un momento único: La irrupción de la “Primavera Árabe”, la caída de regímenes amigos, la retirada militar estadounidense en Irak, la proliferación de células de Al Qaeda, y la irrupción de un Irán con capacidad nuclear.

Morsi podría alejarse de Estados Unidos, lo que sería aclamado por la base islamista egipcia, pero en Washington esperan convencerlo de mantenerse a su lado y garantizar el flujo constante y sonante de US$ 1,3000 millones de ayuda militar cada año y la exportación libre de impuestos a la potencia mundial de hasta US$ 1,000 millones en bienes de consumo. Cifras nada desdeñables y menos en tiempos de crisis económica.

Mientras tanto, por el lado de Israel, Morsi ha basado su apoyo popular en criticar e insultar al liderazgo del Estado hebreo. El islamista ha dicho que mantendrá el acuerdo de paz con los israelíes “siempre que ellos lo respeten”.

Lo seguro es que la “paz fría” derivaría en una “paz helada” con mínima colaboración entre los servicios de Inteligencia israelí y egipcio, porque, al final de cuentas, los Hermanos Musulmanes son los “padres espirituales” de Hamàs, el grupo terrorista que controla la franja de Gaza desde el 2006 y archienemigo de Israel.

La flexibilización de los niveles de seguridad y contraterrorismo solo provocarían un ambiente de caos en Gaza, pero también en la península del Sinaí, que es perfecta para albergar campos de entrenamiento a extremistas islámicos.

De Israel ya se sabe como actuaría: Pondría a funcionar a sus Fuerzas Armadas –una de las más modernas y letales del mundo–, pero en el caso egipcio, el asunto es nebuloso. Y más con un personaje tan extraño como Morsi, que puede ser una caja de Pandora.


Escrito por

mundomula

Sergio Paz Murga, profesor y periodista especializado en Medio Oriente. Jayme Arnao, fotógrafo y corresponsal extranjero en Francia.


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