reconoce sus orígenes

Mubarak: El ocaso del rais

Publicado: 2012-06-11

Por Sergio Paz Murga

Cuesta creer todavía en algunos sectores políticos occidentales que Hosni Mubarak, ese fiel amigo egipcio, sea tan repudiado por su propia gente. No se trata de un Saddam Hussein o un Muamar Gaddafi, crueles y excéntricos por donde se les mire, sino de un dictador que hizo algo inestimable: mantener la paz en Medio Oriente.

Por tres décadas el rais fue un personaje clave en la geopolítica internacional y, en especial, en una de las regiones más convulsas del mundo al mantener alejado a su país de las guerras con Israel, su enemigo histórico.

En realidad no lo hizo por convencimiento sino por pragmatismo. Mubarak heredó el poder tras la violenta muerte del ex presidente Anwar el-Sadat en 1981 y llegó a tres importantes condiciones que marcaron su gobierno.

La primera, que tenía que continuar su acercamiento con los Estados Unidos. El-Sadat había alejado a Egipto de la influencia soviética tras la guerra de Yom Kippur en 1973 por falta de apoyo político y militar, mientras que Washington no se anduvo con limitaciones. Abrió la billetera y lo hizo en grande.

El acuerdo fue de esta forma: EEUU se comprometía –y ha cumplido hasta ahora– en desembolsar todos los años US$ 1.5 mil millones por concepto de asistencia militar a cambio de que El Cairo abandonara sus afanes guerreristas, rezagos del naserismo sesentero.

Egipto se convirtió en el aliado más importante para los norteamericanos que todavía no terminaban de reponerse por la pérdida Irán, en donde el ayatolá Jomeini había derrocado en 1979 al sha Mohammad Reza Pahlevi con su revolución islámica.

El dinero estadounidense ha servido para modernizar a las Fuerzas Armadas de Egipto, el país más importante del mundo árabe musulmán, pero también a pagar las abultadas comisiones de los militares, que se convirtieron en una casta privilegiada y el soporte de una corrupta dictadura.

Paz a toda costa

La segunda conclusión fue el mantenimiento de la paz con Israel que lo convirtió en una especie de garante de la estabilidad regional. Tanto Reagan, los dos Bush, Clinton y hasta Obama no dudaban en llamarlo para pedirle consejo o auspiciar cada nueva tentativa de diálogo entre los israelíes y palestinos.

Mubarak no desarrolló una paz cálida con Israel, sino más bien fría con el intercambio de embajadores y la firma de ventajosos acuerdos gasíferos entre ambos países. Pero, nunca viajó a territorio israelí de manera oficial como lo hizo el-Sadat a fines de los setenta.

La única ocasión que llegó a Jerusalén fue para asistir al funeral del asesinado primer ministro Yitzhak Rabin. Se trataba, entonces, de un gesto público motivado por las difíciles circunstancias.

Mubarak intentó mantener una imagen de distancia con los israelíes, consciente de la animadversión que aún causan a los egipcios, pero por lo bajo desarrolló una estrecha relación con los principales líderes judíos, como Shimon Peres al que llamaba “amigo”.

Ha sido estrategia la que explica por qué eran los israelíes los que pedían a EEUU no dejar solo a Mubarak durante la revuelta de la Primavera Árabe y porque han sido los primeros en lamentar el triste final del rais.

Puño de hierro

La tercera y última conclusión fue apretar el puño contra la oposición pero, especialmente, contra los sectores islamistas que tienen larga data en el antiguo país de los faraones.

Amparado en el estado de excepción, que se puso en vigencia tras la muerte de El-Sadat, el rais aprovechó para mantener un estricto control del país utilizando torturas, desapariciones, y arrestos a cualquiera que se pusiera en contra del régimen.

Esta es la principal razón por la que los egipcios le tienen hoy tanto encono y odio a su viejo líder al que quieren ver colgado como él hacía a sus enemigos.

Mubarak no mató al extremo de Saddam pero sí se ensañó con su pueblo cortándoles las alas de su libertad y asoció, al mismo estilo de EEUU, al islamismo con el terrorismo de Al Qaeda.

Hoy estos mismos sectores, muchos radicales pero también moderados reclaman el derecho de vivir bajo la inspiración divina de Alá y sin que eso suponga aceptar los preceptos de Al Qaeda.

La desaparición de Mubarak debilita la opción laica en Egipto y causa resquemores en Occidente, pero también causa expectativa por saber si el islamismo moderado que quieren adoptar pueda ser similar al que se vive en Turquía.

Hay quienes dice que al escuchar su sentencia de cadena perpetua, Mubarak solo atinó a decir en voz baja: “Mi propio pueblo me ha traicionado” y se quedó impávido, manteniendo el poco orgullo que le quedaba.

Sin embargo, en las últimas horas su salud se ha deteriorado al punto de entrar en un estado “crítico” del que no pueda regresar. Triste final para un hombre que se creyó el último faraón egipcio y que terminó siendo un esclavo de su propio y manchado cetro.


Escrito por

mundomula

Sergio Paz Murga, profesor y periodista especializado en Medio Oriente. Jayme Arnao, fotógrafo y corresponsal extranjero en Francia.


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