reconoce sus orígenes

Jerusalén: santa y profana

Publicado: 2012-06-11

Por Sergio Paz Murga

“Jerusalén es una ciudad de extremos”, me dijo una vez un viejo religioso franciscano en la puerta del Santo Sepulcro, mientras veía maravillado la llegada en masa de cientos de turistas al lugar más santo del cristianismo. “Extrema su santidad, extrema su belleza, pero también extrema su violencia”, agregó.

Todos pelean por ella, todos quieren poseerla y ser guardianes de la ciudad consentida de Dios, hoy capital del moderno Estado de Israel y que celebra estos días el 45 aniversario de la reunificación bajo una administración judía.

Una reunificación que –valgan verdades– no es reconocida por la comunidad internacional y que causa escozor entre los palestinos, que reclaman su parte oriental también para el establecimiento de la capital de su futuro Estado, con el nombre de Al Quds.

Pero, para entender un poco más este conflicto que, según algunos, puede desembocar en una tercera guerra mundial, hay que conocer algo de historia de esta ciudad maravillosa, santísima para las tres principales religiones del mundo: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo.

Centro del judaísmo

Habitada hace miles de años por distintos pueblos semíticos y mediterráneos, fue el famoso rey David el que se la arrebató a los jebuseos en el año 1003 a. C. para establecer la capital de su reino y convertir el lugar en el centro de la vida nacional y espiritual del pueblo judío. Como lo es hasta ahora.

En su cima más alta –hoy el Monte Moria– fue edificado dos veces, primero, por Salomón, y luego por Herodes el Grande, el Santo Templo que guardaba el Arca de la Alianza, en la cual se conservaban las sagradas tablas de piedra con los Diez Mandamientos.

Por cientos de años, el pueblo judío mantuvo el control de la región pero fueron dispersados por sucesivas invasiones de babilonios, persas, seléucidas, y romanos que, pese a sus esfuerzos, no pudieron erradicar del todo la presencia de los israelitas.

Fue el emperador bizantino Constantino el que convirtió a Jerusalén en un centro cristiano hasta que los ejércitos musulmanes invadieron el país en el año 634. Luego llegarían los mamelucos y los turcos otomanos, que trataron a la ciudad como un centro teológico islámico, que poco a poco fue sumiendo a la ciudad en un periodo de decadencia.

Con el creciente regreso de los judíos a fines del siglo XIX y principios del XX, Jerusalén volvió a florecer, pero también aumentaron los choques con la comunidad árabe que denunció la invasión de sus tierras.

Tras la declaración de independencia de Israel y la guerra de 1948-49, la ciudad quedó dividida en dos: la parte occidental, la “ciudad nueva” y moderna, como capital de los judíos, y la parte oriental, con la “ciudad vieja” amurallada, bajo administración jordana.

En la Guerra de los Seis Días, en 1967, las tropas israelíes tomaron el control de toda de Jerusalén y en 1981 la declararon su capital “única e indivisible”, con el rechazo de la ONU que, hasta ahora, exige una jurisdicción internacional.

¿Y las zonas árabes?

Desde entonces la ciudad goza de un desarrollo incomparable pero también disparejo para sus dos comunidades.

En el lado de mayoría judía se alzan modernos edificios como el Parlamento y la Cancillería, que se mezclan con antiquísimos monumentos, mientras los jardines públicos datan de la época de Jesús.

Mientras en el Este, de mayoría árabe, el desarrollo no termina por despegar. Un reciente informe de la Asociación de Derechos Civiles en Israel (ACRI) reveló que el 78% de la población de esa zona es pobre.

Según ACRI, en la parte oriental de Jerusalén, sometida a un rápido proceso de colonización, residen 360,882 palestinos (38 % de la población de la ciudad), que se han quedado atrás en todo lo que tiene que ver con el desarrollo humano, social, urbano y económico.

A las limitadas oportunidades de empleo se han sumado el progresivo deterioro del sistema escolar y la ausencia de una política municipal para mejorar las infraestructuras urbanas y económicas en la parte oriental.

En ocasiones, la municipalidad de Jerusalén argumenta que no existen los fondos necesarios para realizar mejoras de infraestructura pero lo cierto es que la “Ciudad Vieja” amurallada ha visto un renacer arquitectónico en los últimos años. Los escombros acumulados por siglos han sido retirados y se ha restaurado la muralla que contiene el recinto y que fue construida por el sultán Suleimán el Magnífico, en el siglo XVI.

Siempre con mucha cautela, para evitar herir susceptibilidades, los sitios sagrados como el Muro de los Lamentos, el Santo Sepulcro, la Vía Dolorosa, la Mezquita de Omar y la Mezquita de Al-Aqsa, son sometidos a trabajos de mantenimiento. ¿Por qué entonces no habría de ser igual para toda la ciudad?

Para diversos analistas el tema va más allá de una correcta administración municipal. Sino que la capital es el fiel reflejo de la lucha y, sobretodo, la profunda desconfianza, en la que viven israelíes y palestinos.

Unos proponen separar de una vez por todas las zonas árabes de las judías, pero por sus complejas características sería tanto como repartirse la casa de Dios. “No es tarea de hombres”, claman los más religiosos, como si las oraciones fueran a salvar a su hermosa pero complicada ciudad.


Escrito por

mundomula

Sergio Paz Murga, profesor y periodista especializado en Medio Oriente. Jayme Arnao, fotógrafo y corresponsal extranjero en Francia.


Publicado en

MundoMula

Otro sitio más de Lamula.pe